TARDES DE SOLEDAD
¡LA VIDA NO VALE NADA!
Tardes de soledad, el documental sobre la tauromaquia de Albert Serra, se despliega de una manera que evita caer en la discusión común e inmediata sobre si la tradición es buena o mala.
La película se enfoca exclusivamente en sus actores principales y en el momento vivo de la fiesta taurina:
El torero se prepara, entra, torea y sale, solo para repetirlo una y otra vez.
Nada más.
No discutimos la tradición: somos trasladados a su centro.
No debatimos sus virtudes o defectos: los atestiguamos en sus claroscuros.
No recibimos narrativas ni opiniones: las generamos en tiempo real.
El torero, aunque sabemos su nombre y la cámara se concentra en él, podría ser cualquier torero.
Por el dispositivo de la película, funciona únicamente como actor del rito y, poco a poco, presenciamos cómo no solo se viste de encajes y adornos, sino de los atributos del arquetipo que la cultura española quiere ver desplegado en medio del ruedo y, por ende, en sí misma.
El público y sus compañeros de cuadrilla lo afianzan con cantos que por momentos parecen casi cómicos:
¡Ole tus huevos!
¡Ole tus cojones!
¡Vivan los toreros grandes!
Cánticos que empujan al torero hacia su destino simbólico en el centro del ruedo y le permiten lidiar con sus propias dudas como si fueran parte de la embestida.
De todos esos cantos, el más revelador es el que, a modo de porra, alguna voz sin nombre grita:
“¡La vida no vale nada!”
Lo que en otro contexto sonaría como una rendición,
aquí funciona como invocación y exaltación al Valiente:
La vida solo vale en la medida en que estés dispuesto a arrojarla frente a la muerte para inscribirla en la gloria.
Para poder ser testigo, tanto en la plaza como en el encuadre,
el espacio entre la vida y la muerte se comprime, se delimita.
Se respira en la distancia tensa entre los cuerpos del toro y del torero.
Y se vuelve fiesta.
Fiesta que la película, en su repetición e insistencia por instalarnos en el centro del rito, transforma en una estructura de fascinación e identidad.
Tal vez las verdaderas Tardes de soledad no sean las del ruedo, sino las de una figura obligada a exponerse una y otra vez al borde, a la muerte, al riesgo absoluto, para sostener el mito que una cultura necesita.
Y tal vez esa figura y esa soledad también sea la nuestra
al existir entre el deseo y la pérdida, entre la promesa y la herida,
expuestos a riesgos que no podemos administrar y a apuestas que no garantizan nada.
La diferencia es que nosotros no vemos al toro.



Ole tu!!! 💃
Pues suena a un pelicula q trata e esquivar la estocada mortal. Es su intento evasivo invita a no ser vista. Personalmente como mexicano esa tradicion me parece ajena. Para mi su verdadero antagonista no es la clasica pregunta de moralidad radica mas bien en q nosotros tenemos una adaptacion muchisimo mas versatil y entretenida en el japireo jamas podran superar la cultura de las montas mexicanas.